Hay quien juega al parchís,
a las damas,
-amontonando amantes a la espalda-
al ajedrez,
al póker
-miénteme, anda-
y hay quien juega a las carreras.
A ella no le gustaban los juegos de mesa;
en su mundo, solo huecos con nombres
como una hielera con formas diferentes y
un espacio intocable
solo de él,
aunque él nunca lo entienda.