Sueltas,
y ya no eres la persona,
sino el globo,
ni siquiera el globo,
sino el helio,
ni siquiera eso,
sino el cielo.
Las cosas dejan de tener su tamaño:
los coches, las personas, las casas, la culpa,
y entonces te das cuenta de que quizá fue siempre ese el tamaño real,
y no el otro.
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